
Por Esteban Azofeifa
Ni siquiera te conozco. Ni siquiera sé cómo te llamas, en realidad. Sé bien que te dicen de alguna manera, y sé que se equivocan. Puedo recordar las efímeras miradas que echamos al cielo nublado, lleno de ternura y suavidad, lleno de presente.
Te recuerdo, pero recuerdo que mi alma está enferma de olvido. Olvido lo verdadero, y me dejo llevar por los colores grises y azules, y por las formas curvas del oleaje. Recuerdo que caminabas por un bosque verde, o rojo, donde la bruma susurraba caricias llenas de ilusiones de amor. Recuerdo que caminábamos sin encontrarnos; tú tenías miedo, y yo esperaba. Todo permanecía en absoluto silencio, cuando comenzaban a brillar tus grandes ojos llenos de esperanza y futuro, llenos de gracia desconocida y fríos dolores.
Todo era un silencio extraño, de lejanía, de otro mundo. Era un silencio de otro mundo, pues era ajeno al mío y al tuyo, al de nosotros, al pacto de nuestras rebosantes almas que sin previo aviso comenzaron a desistir ante las miradas terrenales y empezaron a volar sin lágrimas, pero con dolor, en el espacio cúbico de nuestras mentes. Todo permanecía en silencio, cuando los disfraces de nuestros secretos tomaron conciencia de la importancia del momento, del encuentro fugaz, irresistible e inalcanzable de nuestros colores vivos, de nuestras alegrías fuertes como rosas intensas y cautivantes en ese momento inigualable, pero marchitas al día siguiente. Entonces la intensidad sopló una brisa silbante que traía pedacitos de cielo, para hacernos creer que todavía existía la divinidad, y que valía la pena también llorar a la orilla de un acantilado de ilusiones perdidas, frente al horizonte, frente al maldito horizonte. Pero la intensidad no bastó. El bosque susurraba, pues comprendía la situación. Había extraviado tus ojos.
Te conocía, pero no te conozco. Conocía tus risas, pero no tu silencio. Conocí tu alma, en un momento estelar, mas desconocí tus labios y tus cabellos. Desconocí los segundos y los minutos, porque ellos me olvidaron. Me olvidé de ellos, y de las nubes. Olvidé los caminos esmerados y los gestos de gentileza. Despedí de mis brazos tus confusiones y anhelos, mientras caminaba hacia el atardecer. Me despedí de la brisa, y le concedí una lágrima, solamente una. Era mi última lágrima, pues decidí morir en la puesta de sol.
Vives porque te conozco, y te pienso. Muero porque no me conoces. Adiós.

No hay comentarios:
Publicar un comentario