Si, cada noche es lo mismo, estoy harto de prestarle tanta atención – se repetía una y otra vez, como si el viento fuera su receptor – estoy harto, estoy harto y no le vuelvo a hablar.
El frío de la noche lo helaba poco a poco, al punto que su cuerpo temblaba más rápido que los latidos de su corazón. El pueblerino lo tomo como un sentir gratificante, por el dolor que se abría en su corazón.
Estoy harto – grito con el alma - la verdad mejor le hago una carta para despedirme, si esa es una gran idea. Le escribiré que no la extraño, que es ella quien se pierde de mucho, y hasta la haré ver que es la culpable de todos nuestros pesares.
Camino a un paso bastante ligero, tomo un papel de la mesa de su sala y salio al corredor a escribirle a la que fue su amada. Esta vez salió con un suéter puesto, pero extrañamente seguía temblando. El papel se doblaba por la fuerza del aire, así como su corazón por la fuerza de su orgullo.
En el fondo deseaba que la hoja se rompiera, o que el lapicero no tuviera tinta, pues bien sabia que no deseaba alejarse. Cerraba su boca apretando los dientes de manera que sentía que se iban a quebrar; ponía duros todos sus músculos, y trataba de pensar en otras cosas para no llorar.
Luego de tanto pensar se decidió a empezar de una vez por todas, pues cada segundo era como un golpe más en su pecho. E inició así:
“Para aquella, a quien alguna vez llame amada.
No quiero gastar muchas palabras en mi escrito, o talvez será que no quiero escribirlo, pero de cualquier forma será breve. Presta mucha atención a todo el contenido de la carta, préstala aún aquella que jamás le diste a nuestro amor.
Dirás que lo ignoras, pero esa es justa la razón por la que me estoy muriendo, no porque no valoras que lo ignoras, sino porque no valoras nuestro amor. He sentido el frío glaciar correr entre mis venas cuando no me miras, he sentido las gotas árticas bajar por mi espalda cuando me das la espalda, he sentido como mis manos se congelan cuando no te alcanzo, y he sentido mi corazón ardiendo como el sol cuando me has rozado. Te amo cuando me rozas. Pon tu mano en mi pecho, porque explotan mil rosas en mi corazón cuando me tocas; pero escucha mi piel, quien hambrienta busca tu carne, y mientras en tu palacio danzas.
Ahora quiero que me entiendas; proporcional al amor que te tengo, tu ausencia me mata. Y no te lo puedo explicar mejor, por eso te ruego que clames a los dioses, y que las constelaciones te cuenten lo que siento, que la luna te susurre lo que lloro; y que sea suficiente para entender porque me voy (De paso si logras ver las estrellas, salúdalas que no las he vuelto a ver, desde el momento que escribí esta carta no las he vuelto a ver).
Azul será tu futuro, uno en el que no estaré; y con miedo lo digo, porque aun deseo que se incumpla esto, pero no puedo decir otra cosa, este frío es infernal, te amo tanto que odio todo de nosotros, es un frío que no aguanto más.”
Por Juan José Carazo
sábado, 14 de abril de 2007
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