Esta no es mi noche, es la noche del destino. Es una noche fría pero inerte, incomunicada. Odio esa porción de mar, saliendo de mis ventanas, de mis ojos. Amo el deseo extraño de poder vivir para morir, morir para sentir, sentir para volar, y desaparecer. Ese sonido que oigo es la nada, que me llama y me ordena que desfallezca. Esos cabellos que me aturden son tuyos, y son mis sábanas. Esa sonrisa que me captura es la tuya, y es mi cama, y mi ataúd. Me preparo para mi muerte, para caer y morir y gritar, y besarte. Me preparo para ver la niebla, para ver cada minuto de tu respirar como un minuto en que agonizo. Me canso de repetirme tus frases, tus hechizos, tus miradas. Hablo con mi alma, y mi alma me ordena que resista, que no es tiempo de ceder. Eso que yo tengo no es vida, es obra. Es tu obra, como arquitecta de sueños y penas, que abrazas y lloras, que destruyes y adoras. Eres como el frio que me penetra, mujer invisible. Eres, y de pronto no eres. Ahora soy, y te veo dormida, en tu sueño de tibieza. El mundo es fatalmente mío, mientras te contemplo en la penumbra. La ventana es sitio de quietud, y la luna es el baño de la noche. Tus ojos son más bellos que de costumbre, mujer de costado. Me quebranta saber que eres dueña de mis latidos, que si doy un paso en falso seré solamente una sombra, y un olvido. Sin embargo, te toco. Toco tu suave mejilla, y entro en tus fantasías. Sí, así es; soy dueño de tus sueños. Pero sigues en control de mi circulación. No veo mucho. Cierro los ojos y canto, y un mundo de lágrimas continuas se dibuja en las calles y avenidas, y en las dunas del horizonte. Canto alto y canto bajo, agudizo y repito. Canto en Do y en Sol, y también en Mi menor. Pero escucho tu voz solo en el silencio. Me dices que me quieres, pero no lo sabes. No sabes que me abrazas y me tocas, y luego olvidas, y me quieres de nuevo. Piensas que el dulce sabor de tu encanto basta para acabar con mil hombres, y eso es fatalmente cierto. Piensas que tu vida es una canción, y lloro, porque es cierto. Piensas en mariposas, y corres y te alejas, y vuelves y regresas, para encantarme, y condenarme. Corres de nuevo, y te alcanzo. La tierra deja de girar, por ese preciso instante; las tortugas dejan de besarse, y las ballenas dejan de amar. Mi mejilla roza la tuya. Mis dedos acarician tu cuello, y mi cuerpo deja de ser aislado. Ese instante es único, delicioso e inexistente. Ese cuerpo tuyo es suave, como un beso, y tibio, como las olas. Tu cuerpo es ficticio. Yo soy tu sueño, y tu sueño agoniza. Te veo de nuevo, de costado, y tienes frío. Arriesgo mis últimos momentos de oxígeno, observando tu rostro por última vez, tratando de no gritar, de no dar cabida a mi debilidad. Siento un suspiro tuyo entrecortado, y prosigo con lo inevitable. Te beso. Muero. Despiertas del sueño.
Por Esteban Azofeifa
domingo, 22 de abril de 2007
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