Jugábamos a recordar aquella vez.
Pasaba el tiempo sin su tormento,
y las vergüenzas pasadas eran ahora carcajada.
Yo no miraba, todavía.
Era bello, el viento.
Casi aprendí a leer su sinfonía.
La campiña tiraba, vanamente,
flores, besos y una utopía.
Pero, ¿pudo ser más cruel,
aquel que arregló cada brisa de amor,
y la dejó caminar en falso?
¿Pudo ser esta una consumación?
Ese instante fue dueño eterno
de aquello que es bizarro,
de aquello que es amoral,
de aquello que abraza la superficialidad.
Y morimos juntos, estrechando nuestras causas,
la tuya insana y la mía incauta,
tu usual delirio y mi estupor sin casta,
tú acompañada, y yo a muerte lenta, sin pausa.
Tus ojos en los míos. Perra
Por Esteban Azofeifa
sábado, 13 de enero de 2007
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